Manuel, el cafetero de Betania, Antioquia.

1094968763_03b62b018f_bDebajo de la estación, en el viaducto, las medias, los cordones y la venta de zapatos son la mercancía más apreciada. El mural de Pedro Nel Gómez sirve de sanitario a los indigentes que recorren esta ciudad, dejando a su paso el fétido olor a orín, pero allí en el viaducto también se logra apreciar los emboladores, quienes, al bajar por toda la playa hacia el Parque de Berrío, se ubican en el costado izquierdo hasta llegar al gran almacén de Ragged.

Con una mágica sonrisa, desde un rincón del Parque de Berrío, debajo de una columna del armazón de cemento del Metro de Medellín, sonríe Manuel Palacio. Su camisa beige, con trazos cafés, de manga corta, deja asomar una camisilla blanca de cuello circular, y un bolsillo delantero que sirve de resguardo para su lapicero elegante de plástico gris oscuro. Su gorra gris clara combina adecuadamente con la mirada alegre y un vozarrón que cautiva, llamando la atención entre un grupo de clientes y lustrabotas, que embelezados, escuchan las historias de el cafetero.

Manuel Palacio Lenis está haciendo alarde de su carné, el que lo identifica como perteneciente a la Federación Nacional de Cafeteros y que incluye su número de cédula 19.102.534 de Bogotá. Aunque en el carné tan solo dice Betania, Antioquia, lo de Bogotá luego se sabe por él mientras habla con un burbujeante carisma sobre su vida.545707_10151471520790648_1949583360_n

Desde la perspectiva de a quien le lustran las botas, El cafetero habla fuerte y claro sobre las pocas ayudas que está ofreciendo el gobierno para este sector productivo; sus ojos cobran vida y su color de piel destella como el café recién tostado cuando habla de las políticas agrarias del sector; para él, un campesino del Chocó —que llegó en su juventud a Bogotá, de ahí a Venezuela, luego Medellín, Arboletes y finalmente a Betania, Antioquia, donde pertenece a CoopeAndes— no cabe duda de que “Si seguimos así, vamos a quedar como unos parias” resalta.

Pero así como habla fuerte y claro, también habla suave y melódico, el cafetero es un ser encantador, —¿Usted no quiere tomarse un tintico?—  dice con una sonrisa amplia que le ilumina todo el rostro, y que invita a seguirlo a un puesto de buñuelos en la esquina que está al frente mirando de lado del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, y al frente de la calle 52 por donde pasa el viaducto del Metro de Medellín.

Entre un tinto quemado, en vaso de plástico color verde papel higiénico barato, Manuel dice —Yo soy una persona versátil, me le he medido a todo en la vida, lo que sea—. Y es que él, el cafetero, es un guerrero que nació en una familia humilde de nueve hijos, cinco hombres y cuatro mujeres. —A mí me reclutaron en Quibdó, me trajeron a la Cuarta Brigada, yo tenía segundo de Normal, en ese momento los soldados eran analfabetas, ni sabían firmar… es por esto que me ofrecieron una oportunidad en Bogotá en la Policía Militar y allá fui a parar, yo pensaba que Bogotá era solo para los sapos—, refiriéndose a los anfibios que les gusta el frío.

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